Homilía de monseñor Ojea para la Nochebuena

Queridos hermanos, feliz Nochebuena para ustedes, y para todos los que se reúnen en casa dentro de un ratito.
Decía un teólogo de la Edad Media, que Dios se dio cuenta de que su grandeza provocaba resistencias ideológicas, que el hombre le tenía temor, que su grandeza lo inhibía, que sentía el hombre amenazada su libertad, se sentía muy pequeñito y muy limitado frente a la grandeza de Dios; entonces decide llegar a su corazón utilizando otra vía, otro camino que le va a permitir decirle al hombre: “No tenés más remedio que quererme, porque soy como vos; no me podés tener más miedo”; es el Dios que se hace niño como nosotros, que entra en nuestra historia.
Hay un Salmo hermoso del Antiguo Testamento, el Salmo 113 que dice: “¿Quién como el Señor nuestro Dios, que se eleva en su trono y se abaja para mirar al cielo y a la tierra?”. Esta imagen de Dios que se inclina a la tierra, que recorre todo el Antiguo Testamento, culmina este día. Cuando Dios mira, Dios transforma. Digamos que Dios hoy se detiene en un establo, un establo que es como un símbolo del abandono para el hombre; un establo que es símbolo de miseria, de pobreza, un hombre que nace en un lugar de animales, y que es el Hijo de Dios.
Dios es capaz de transformar todo eso; este Dios que nos ha enviado que se ha hecho niño; nace llorando como nosotros; es débil y necesitado como hemos sido y somos nosotros; necesita del afecto de sus padres, necesita ser sostenido y alimentarse, necesita ser llevado al pecho de la madre, este es nuestro Dios y este es el misterio que hoy celebramos.
Como un eco o como un reflejo, este Dios que se hace niño y que bendice toda carne humana, a partir del día de hoy podemos decir que todo hombre es bendecido por Dios porque comparte la suerte de Jesús, la vida de Jesús, la vida del hijo de Dios que hoy se instala para siempre en nuestra historia.
San Juan XXIII decía que el día de Navidad, rezaba especialmente por cada niño que nacía en el mundo; pensemos en cada niño que nace en la Argentina; un país tan desigual como el nuestro.
Nosotros tenemos muchos chicos que carecen de la alimentación necesaria para crecer bien; que carecen de afecto para ser sostenidos y llevados hacia una madurez, ese ser rodeado, ser contenido que necesitamos todos.
Nacer es duro, nacer es cortar, es partir; necesitamos todos ser sostenidos cuando nacemos; somos absolutamente vulnerables, arrojados a la existencia; necesitamos el pecho de la madre, la ternura de su voz; la contención del padre, la seguridad.
Cuántos niños en nuestra Patria nacen sin ese afecto; cuántos niños viejos en nuestros barrios, niños que no conocen los sueños, que no conocen el juego, niños que tiene que crecer rápido porque no tiene más remedio y nosotros los conocemos.
Qué misterio enorme este hijo de Dios que hoy viene a bendecir toda carne y nos quiere decir que está detrás del corazón de cada hombre que nace y al quien el cristiano tiene que servir.
Por eso la Navidad es un llamado a la conversión del corazón para servir a la dignidad de cada hombre, de cada hombre que es mi hermano, porque el Hijo de Dios ha querido compartir la suerte de cada uno.
Este misterio de la Encarnación es revelado a los pastores. Los pastores que dice el Evangelio de Lucas que escuchamos, velaban a la noche con sus rebaños, velaban es una expresión de vigilancia y estar atentos, por eso Dios los elige, porque ellos de alguna manera estaban esperando a Dios.
Dios los elige para ser testigos de la Encarnación del Verbo de Dios; los pastores, que socialmente, en aquel viejo Israel no podían ser testigos en ningún juicio de nada, no servía su testimonio por su condición social, y sin embargo Dios los elige para que sean testigos de que Dios está allí y lo van a adorar como lo hemos adorado nosotros recién y como lo vamos a adorar besando sus pies al terminar la Misa.
Queridos hermanos, en esta noche Santa, pidámosle a la Virgen que es la primera que adora a Jesús, es el primer corazón que adora al Niño Dios; pidámosle a la Virgen que como dice el Papa Francisco, supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pocos pañales y una montaña de ternura.
Qué nosotros podamos esta noche, crecer en ternura para servir al prójimo de verdad, para servir la carne de Cristo que nace en cada hermano nuestro y nos comprometamos a sostener, a defender y a servir.
La dignidad de cada persona que nace en nuestro mundo.
Que el Señor así nos lo conceda.