Homilía de la Misa Crismal 2017

Junto a Mons. Martín en la carta pastoral por los 60 años de nuestra Diócesis, hemos propuesto hacer una memoria agradecida por los testimonios de fe tan hondos y sinceros que hemos recibido y heredado a lo largo de este tiempo. Hemos destacado también el intenso espíritu misionero de la Diócesis y su búsqueda sincera de la opción preferencial por los pobres en estos años. Lo hemos hecho para enfrentarnos mejor al desafío  actual de renovar la vida misionera de nuestra Iglesia particular respondiendo al llamado del Papa a la conversión pastoral y a redescubrir y profundizar la opción por los pobres en nuestras comunidades.

Para esto entramos en esta Pascua tan especial renovando la misión que nos ha consagrado para siempre a Él a partir de nuestro bautismo, unción que Él ha desparramado con generosidad como un derroche de misericordia y de ternura. El recibe y nos regala la unción del Espíritu,  por eso en esta celebración nos sumergimos en nuestra existencia de hijos que volvemos a nacer por el agua y el Espíritu en el seno de la madre Iglesia. Pero también la Pascua revelará de un modo más nítido nuestra condición de hermanos. Todo el Evangelio es una pedagogía de la fraternidad. Por la encarnación Dios ha entrado en fraternidad; Él la toma de nosotros y por la Ascención esta fraternidad ha entrado para siempre en Dios. En el Evangelio de Juan Jesús nos llama “hermanos” después de la resurrección: le dice a María Magdalena: “Ve a anunciar a mis hermanos: Subo a mi Padre, el Padre de ustedes…” y San Pablo nos dirá: “Él nos predestinó a reproducir la imagen de su hijo primogénito entre muchos hermanos”. El Salmo 133 canta la paz y la alegría de la fraternidad “Qué bueno y agradable es que  los  hermanos vivan  unidos. Es ungüento precioso en la cabeza que baja por la barba de Aarón hasta la franja de su ornamento.” El aroma nos envuelve y nos penetra. Se puede respirar con plenitud. La unción sacerdotal se extiende a todo el pueblo. Es la caridad fraterna que hace respirable todos los ambientes humanos la atmósfera en la que surge la creatividad porque cada uno se siente reconocido en su dignidad y valorado por el amor del otro.

Decía que todo el Evangelio es una pedagogía de la fraternidad. La madurez en la vida cristiana nos va haciendo pasar de hijos a hermanos. El Hijo mayor de la parábola del hijo pródigo que, hablando a su padre llama a su hermano: “ese hijo tuyo”, es invitado por el Padre a pasar a la conciencia fraterna que lo llevará a mirar a los costados y a tener un horizonte más pleno y maduro. El Padre lo invita apasionadamente a que contemple a su hermano y lo valore en su dignidad recuperada.

En la parábola del buen samaritano éste se ve a sí mismo en el hermano caído y el tener que atenderlo lo transforma, vive un proceso de conversión a lo más profundo y auténtico de sí mismo, y esto lo logra haciéndose prójimo.

Nosotros los sacerdotes vamos a renovar nuestras promesas hechas el día de nuestra ordenación. En ellas hemos abrazado el celibato por el Reino de los cielos. Este es nuestro modo de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Es un amor universal que no excluye a nadie y -al mismo tiempo- es marcadamente singular porque es un amor atento y respetuoso del misterio de cada uno.

Buscamos imitar el  modo de amar de Jesús. Jesús recoge el amor del Creador que contempla a cada creatura deteniéndose en su bondad: “y Dios vio que era bueno”. No la posee ni la acapara, sino que la mira rescatando su bondad y esto revela el carácter único de cada creatura necesitada de un amor exclusivo y singular. Necesitamos ser únicos para los demás y de algún modo el celibato virginal busca ser signo y testigo de que cada hermano es único. A mi modo de ver la Iglesia no nos pide el celibato sólo en orden a la paternidad espiritual, sino principalmente para vivir hasta el extremo nuestra condición de hermanos, entregados al servicio de todos los hermanos de nuestro pueblo, con un corazón pobre, generoso y libre, capaz de crear un espacio interior en el que cada uno pueda sentirse recibido como persona única. El sacerdote va creciendo en este amor en la medida que experimenta la necesidad que tienen los hermanos de depositar en su corazón de pastor confidencias muy íntimas  que sólo pueden ser contenidas y cuidadas  por un corazón contemplativo de la singularidad de cada hermano.

Esta tarde celebraremos la eucaristía con el lavatorio de los pies. La eucaristía y el pobre son los auténticos signos de la fraternidad evangélica. El Señor entrega su vida para que vivamos como hermanos reuniendo a sus hijos dispersos. El pobre a quien lavo los pies me revela mi límite y mi pobreza. El gran desafío de nuestra conversión pastoral estará ligado al modo como maduramos en la  conciencia de hermanos, en un crecimiento de nuestros vínculos fraternos.

Como todos los años tendremos nuestra reunión general del clero en mayo; el tema será: “La dimensión social del ministerio sacerdotal”. Quisiera que estuviéramos todos presentes. Es una oportunidad para expresar respetuosamente nuestros modos de mirar nuestra historia con su realidad socio política. Nuestra fraternidad sacramental nos compromete a estar por encima de cualquier grieta, de cualquier  muro y de cualquier herida personal o social que impida un diálogo honesto y sincero entre nosotros. Los espero a todos.

Ponemos este año jubilar -cuya Pascua comenzamos a vivir- en manos de la  Virgen de Lujan, Madre de nuestro pueblo, y de San Isidro Labrador encomendando a todos y a cada uno de los fieles de la Diócesis.

† Mons. Oscar Ojea

Obispo de San Isidro