Mensaje de monseñor Fassi para la Fiesta de todos los Santos

 
 
 

“Sean santos porque yo, el Señor su Dios, soy santo”, nos dice Dios, y Jesús también, cuando está despidiéndose de sus amigos, les dice de esta manera: “Ya no los llamo “siervos”, a ustedes los llamo “amigos” porque les he dado a conocer todo lo que les oí de mi padre”.
Estas palabras de Dios, son lo que ayuda a la Iglesia a renovar su vocación a la santidad.
La santidad no es el privilegio de algunos, no es un privilegio de sacerdotes o religiosas; para ser Santo basta con descubrirse bautizado e hijo de Dios, el bautizado está llamado a la vocación, a la santidad.
¿Qué quiere decir eso? No quiere decir: estar todo el día en la Iglesia; no quiere decir tener cara de estampita para parecer como santo.
El santo es aquel que se brinda de corazón y de alma a todo lo que hace. Cualquiera de nosotros, los bautizados, poniendo el corazón generosamente, brindándonos en todo lo que hacemos en el nombre de Jesús, vamos creciendo en la santidad. A mayor santidad, mayor conciencia de fraternidad con todos los hombres; a mayor santidad, más compromiso con el mundo y con la historia; a mayor santidad, más deseo de brindarse por el crecimiento social, por el bien, por la justicia, por todos los valores del Evangelio.
La santidad es aquello que estamos llamados a vivir en el nombre de Jesús, como amigos de Jesús.
La santidad no es algo que nosotros construimos, no lo logramos por nuestro esfuerzo, es un don, un don de Dios que se nos brinda a todos. Si nuestro corazón recibe ese llamado, entonces es un corazón que transforma el mundo.
Seamos santos para que el mundo sea santo, es decir, responda al proyecto de Dios que es la fraternidad universal, la comunión con todos los hombres y con toda la creación; es la comunión del cielo y de la tierra.
Seamos santos para comprometernos con el cielo y con la tierra.
Qué así sea.