Homilía de mons. Ojea para la misa por las víctimas del abuso sexual y el maltrato infantil

Escuchamos en el Evangelio esta parte del Sermón de la montaña de Jesús; para Jesús hay muchos modos de matar, y el abuso sexual de menores es una de esas formas tremendas, heredadas de Caín y Abel, la vieja historia de la humanidad: el poder y el débil, la fuerza y la debilidad, tantas formas de matar.

Para que haya verdaderamente abuso, tiene que haber un poderoso y un débil. El abuso supone manipulación del poder, de una forma de poder sobre la debilidad; supone invadir toda la intimidad, arrasar la intimidad de un inocente; maltrato físico y maltrato psicológico son los componentes de esta aberración.

Cuando el débil puede salir de esa red de silencio al que lo obliga el poderoso; ese secreto pactado para comprimir a la criatura cuando puede hablar, cuando puede expresarse, cuando puede decir qué ha pasado, decírselo a sí mismo y decirlo a los demás, comienza la verdadera sanación.

Para el Evangelio el hombre se cura con la palabra, y también para la psicología moderna, visto desde otro lugar, cuando podemos empezar a hablar.

Jesús hace esto maravillosamente desde el Evangelio de los discípulos de Emaús; él deja que se desahoguen, los deja expresar, les da la palabra.

Por eso la Acción de Gracias en  este momento, de esta Misa penitencial,  es por todas aquellas personas que han sido señales de Dios en el camino de las víctimas, y que han permitido que se pudiera hablar, que han escuchado, que han abierto el corazón, que se han puesto al lado de estos hermanos que han sufrido tanto y que sufren tanto.

Pero también la sanación supone transformar las heridas, el dolor y la bronca, supone transformar todo eso en vida, sino no sanamos; no podemos sanar comiendo rencor, no nos hace bien. Es imprescindible orientar esa fuerza, esa energía para poder trabajar en función del futuro, nuestros niños, nuestros jóvenes; capitalizar todo ese dolor para poder ser semilla de un mundo nuevo, que nos permita cuidarnos y poder transmitir a los chicos y a los jóvenes este empoderamiento para que sepan decir que no, cuando se trata de la invasión de la propia intimidad. Aprendan de chiquitos a defenderse de este poder que avasalla y que corrompe la dignidad de la persona, obligada al silencio.

Por eso nosotros estamos celebrando esta misa penitencial de Cuaresma. Le agradecemos a Rufino que nos haya pedido la Eucaristía, que nos haya pedido la Misa.

Junto al Obispo Auxiliar Martín; al Vicario general diocesano, padre Guillermo Caride; al Vocero del Obispado, padre Máximo Jurcinovic;  al padre Matías Morea, quien ademas es ex alumno del colegio Newman; al Superior provincial de los Pasionistas, padre Carlos Saracini, y también junto al padre Noel Feeney, te agradecemos  Rufino, te agradecemos por  darnos la oportunidad de presidir una misa en la cual rezamos por todas las víctimas de nuestra Iglesia particular y de toda la Iglesia.

El abuso es un tremendo problema social, viene de la violencia, de la violencia recibida por aquel que abusa, que seguramente ha quedado anidada en el corazón y que después se derrama implacablemente sobre aquel que sufre el abuso.

La violencia, es uno de los males más tremendos del mundo en que nosotros vivimos, uno de los cánceres del mundo en que vivimos.

Hay que poder vencer esas redes de silencio familiares e institucionales, redes que se han tendido para oprimir y obligar al secreto.

El hablar, el expresarse, es también un clamor de justicia. Una justicia exigida en reparación de aquel que ha sufrido una violación semejante; una justicia exigida por la misma naturaleza.

La Iglesia ha pedido perdón y yo renuevo ese pedido de perdón aquí, en mi Diócesis, a todas aquellas personas que han sido víctimas de abusos siendo niños o jóvenes, por miembros de nuestra jerarquía, pedimos perdón a estos hermanos y a estos hijos nuestros.

Pero el perdón no solamente como una palabra, sino como un compromiso de acompañar, de estar al lado. En lo que respecta a aquellas denuncias hechas contra estas conductas aberrantes, en miembros de la jerarquía eclesiástica, nosotros tenemos el deber por nuestros protocolos, al realizarse la denuncia, de indicar inmediatamente el camino del derecho a hacer la denuncia en el Tribunal civil, la denuncia penal; y en segundo lugar a iniciar, con el consentimiento de aquel que denuncia, el debido proceso canónico inmediatamente.

Este es el compromiso que hemos tomado en estos últimos tiempos, a partir del Papa Benedicto particularmente y a partir del Papa Francisco.

He leído con dolor cómo, en algún medio, al Santo Padre se lo quiere hacer aparecer, como protegiendo a los abusadores.

El Papa que tiene que luchar con muchas cosas, ha querido ser clarísimo en este punto; y ya no les hablo mis queridos amigos, mis queridos hermanos, del conocimiento personal que yo puedo tener a la persona del Santo Padre – he sido su Obispo auxiliar tres años, y sé perfectamente quien es y como obra y particularmente en este punto-, sino por sus gestos, por sus palabras y por su conducta.

Es triste querer ensuciar al Papa, tal vez para entorpecer un liderazgo natural en el mundo, un liderazgo de humanidad, de bien y de seguimiento fresco y literal del Evangelio de Jesús.

Queridos hermanos en esta Eucaristía nosotros ponemos delante de Jesús a tantos hermanos que han sufrido, le pedimos al Señor poder servir a la Justicia y a la verdad.

Y le pedimos también tener un mundo en el que nos cuidemos mejor, en que podamos apreciar lo que significa la intimidad del propio cuerpo, la sacralidad de la dignidad de la persona humana, por la cual tenemos que luchar cada día.

Que el Señor Jesús nos ayude a servir y a vivir hondamente su Evangelio de vida.

¡Qué así sea!

 

San Isidro, 10 de Marzo de 2017