Homilía de monseñor Ojea en la misa crismal del Jueves Santo

“El Espíritu del Señor esta sobre mí, Él me envió a evangelizar” Lc 4,18
La unción del Espíritu Santo, que “lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios” (1Cor 2, 10) toma la persona de Jesús y lo envía a evangelizar.
También nosotros que participamos de esta unción por el bautismo, recibimos el Espíritu que nos penetra hasta el fondo del alma quedando grabado en ella, para siempre del mismo modo que el aceite impregna la piedra y queda siempre adherido a ella.

El Espíritu nos penetra hasta el fondo. Como dice San Pablo “el que nos ha ungido en Cristo, nos ha marcado con su sello y ha puesta en nuestros corazones las primicias del Espíritu Santo” (2 Cor 1, 22) El sello es el símbolo de la persona, es como una firma que garantiza su solidez. Así nos marca para siempre el Espíritu de Jesús. Somos suyos para siempre. Somos su propiedad.

El mismo dinamismo del Espíritu, después de haber recorrido todo el interior de nuestra persona, nos consagra para la misión. Somos ungidos para ungir. El Espíritu no se nos regaló para que quede anclado en cada uno, ni para nuestra autocomplacencia, sino que, por el contrario, estamos llamados a desparramar la poderosa atracción de su perfume. El Espíritu es amor y tiende, por naturaleza, a expandirse. “Somos el buen olor de Cristo” (2 Cor 2, 15)
Próximos a nuestra asamblea Diocesana ofrecemos -en esta misa crismal- este tiempo de oración y reflexión acerca del modo en el que estamos compartiendo con todos los hermanos el gozo del Espíritu, habiendo tenido el privilegio de recibirlo. Del modo como estamos evangelizando a los pobres, liberando a los cautivos, dando vista a los ciegos, libertad a los oprimidos aquí en nuestra Iglesia particular de San Isidro.

La unción con el aceite perfumado es también en la escritura un símbolo de alegría. En el contexto del gozo mesiánico hemos escuchado recién al profeta Isaías hablarnos del óleo de la alegría; del mismo modo que en la lectura que hace la carta a los hebreos del Salmo 45 aplicándoselo a Jesús se nos dice: “El Señor te ha ungido con óleo de alegría sobre tus compañeros” (Salmo 45, 8). La alegría como la paz es fruto de la Pascua y está entrelazada con ella, es la alegría serena y honda del corazón del cristiano que ha experimentado la cruz con su Señor y también su victoria. Santo Tomás nos enseña que la alegría es perfecto descanso en el sumo bien. La alegría auténtica brota de la cruz, supone trabajo y esfuerzo. Es como el fruto de un parto “ustedes estarán tristes pero su tristeza se convertirá en gozo” Se funda en la verdad, no es fingida ni forzada. Brota de la sinceridad del corazón, por eso mismo es contagiosa, por eso mismo atrae hacia Jesús.

El mismo Espíritu que ha invadido toda nuestra persona hasta las raíces, que nos ha consagrado a la misión de evangelizar, el mismo que nos ha regalado la alegría del evangelio, obra en nosotros como una “ayuda memoria”: “Él les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14, 16). De allí que al encontrarnos cada año en esta misa Crismal agradecemos la fe recibida en la comunidad de la Iglesia y, de un modo particular los sacerdotes, hacemos memoria agradecida de nuestra ordenación y renovamos las promesas de nuestro ministerio.

“Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (2 Tim 1, 6). Para reavivar este don que nos fue dado es preciso volver sobre nuestra misión de evangelizar a los pobres; ellos son los humildes de la tierra de los que nos habla el profeta Sofonías (2, 3). Son los débiles de quienes se hace eco con su legislación humanitaria el libro del Deuteronomio; son los que gimen en los salmos, aquellos cuya humildad y pequeñez el Señor miró cuando miró a la Virgen; los que han recibido la promesa de quedar saciados. Son los que están injustamente oprimidos pero no han perdido la piedad. Nosotros tenemos un compromiso especial para con ellos: en primer lugar porque son nuestros maestros, “ellos tienen mucho que enseñarnos, es preciso que nos dejemos evangelizar por ellos” (EG 198) y en segundo lugar porque a través de ellos podemos descubrir nuestra propia pobreza y -al descubrirla- ser alcanzados por la misericordia de Dios que una y otra vez nos invita a la fidelidad.
Participando junto con el pueblo de Dios de la unción del Espíritu en esta misa crismal hacemos más honda nuestra comunión con ese pueblo del cual hemos salido. En su homilía del Jueves Santo del 2014 el Santo Padre nos decía: “Muchos al hablar de crisis de identidad sacerdotal no caen en la cuenta de que la identidad supone pertenencia. No hay identidad, y por lo tanto alegría de ser, sin pertenencia activa y comprometida al pueblo fiel de Dios. Démosle a nuestro pueblo lo que nos fue encomendado y de este modo nuestro pueblo se encargará de hacer sentir y gustar a cada uno su propia identidad. Para esto es preciso salir de uno mismo, de lo contrario el óleo se vuelve rancio y la unción no puede ser fecunda”.

Renuevo la invitación a todos a participar de nuestra asamblea diocesana encomendándola en esta misa y agradezco, junto con Monseñor Martín, a nuestros sacerdotes su esfuerzo y su tarea de cada día, muy felices de vivir y trabajar con ustedes en comunión.