Homilía predicada por Monseñor Oscar V. Ojea

Homilía predicada por Monseñor Oscar V. Ojea

Compartimos la homilía predicada ayer por nuestro Obispo y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Oscar Ojea, en la apertura de la 118° Asamblea Plenaria

En la primera lectura el Apóstol nos recuerda que hemos sido llamados a la vida cristiana por un Don irrevocable de la misericordia de Dios y hemos recibido este regalo por un misterioso designio de su sabiduría.

Nosotros ya hemos sido invitamos al banquete del que nos habla el Evangelio. El ha puesto la mesa para nosotros. Sin embargo, para poder disfrutar en plenitud de este banquete que ha transformado nuestras vidas, la misma dinámica del amor de Dios nos invita a la vez a nosotros, a tender la mesa para todos los hermanos, realizando asi la esencia de nuestra vocación que es misionera.

El mismo nos dice cómo hacer esta invitación Lc. 14,” cuando des un banquete no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a los vecinos ricos no sea que ellos te inviten a su vez y asi tengas tu recompensa. Al contrario cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos y a los ciegos. Ellos no tienen como retribuirte y tu recompensa será grande en el cielo.”

Sin embargo muchas veces disfrazada de buenas intenciones puede aparecer en nosotros la búsqueda de compensaciones y retribuciones. De un modo inconsciente se puede deslizar la búsqueda de reconocimiento y elegir entre los destinatarios del banquete a aquellos que pueden retribuirnos de algún modo, aquellos cuya amistad nos haga sentir mas contenidos y seguros, aquellos que nos pueden devolver favores sea con bienes materiales, con su capacidad profesional o con la riqueza de su cultura.

Me impresionó mucho que en el Sínodo se insistiera tanto en la formación misionera de laicos y sacerdotes. En la necesidad de una mayor audacia y coraje para invitar a la mesa del Reino a tantos hermanos que han vivido en su pobreza la experiencia del abandono y del rechazo de otros. Ellos necesitan ver una Iglesia lejana a todo interés, preservada de las mezquindades habituales que se dan en las relaciones sociales y ajena a todo cálculo y estrategia que empañe la transparencia con la que compartimos el tesoro de un evangelio que no es propiedad nuestra sino al que hemos sido llamados a servir. Ya que el Evangelio es anuncio y servicio.

Esta invitación amplia y generosa nos recuerda también nuestra vocación al servicio del dialogo. San Pablo VI en su Primera Enciclica Eclesiam Suam que profundiza el gran tema de Gaudium et Spes que es el dialogo entre la Iglesia y el Mundo, nos dice que el dialogo pertenece a la esencia misma de la Iglesia. El diálogo nace de la Trinidad que es relación dialogal entre personas, se prolonga en la encarnación en el diálogo del verbo encarnado con la humanidad y de allí brota en continuidad una Iglesia que busca incesantemente nuevos caminos para dialogar con todos los hombres sin ninguna exclusión.

Cuando el Papa describe las características del diálogo se dice que este debe ser claro, afable, confiado y prudente.

Claro. Es decir, autentica expresión de lo que pienso, siento y necesito.
Afable. Es decir, cordial. Debe pasar por el corazón y jamás ser hiriente y ofensivo.
Confiado. Me abro a la posibilidad de ser transformado por lo que expresa mi interlocutor y viceversa. La clave aquí esta puesta en el modo de escuchar.
Y finalmente prudente es decir, intento ponerme en el lugar del otro, de su historia y de sus condicionamientos.

El dialogo siempre afronta un riesgo pero es una apuesta a que no todo quede igual después de lo compartido.

Es un desafío a colocarnos un escalón más arriba para privilegiar aquellas cosas que pueden unirnos por sobre las que nos pueden dividir. Necesitamos extremar nuestra creatividad imitando al Señor Jesús que no se cansa nunca de buscar caminos para encontrarnos y de provocar en nosotros nuevos modos de escucha.

Esta invitación abierta a la participación en el banquete de aquellos que no nos pueden agradecer con dadivas y favores nos ayuda a jerarquizar el bien mismo que se comparte más allá de todas las diferencias.

La Iglesia después de este sínodo convoca a todos sus miembros a caminar junto a muchísimos hermanos que están lejos de la fe. A hermanos de otros Credos y de otras confesiones cristianas. Con todos los cuales formamos un verdadero poliedro de diferencias religiosas, culturales e históricas, para trabajar arduamente en nuestra responsabilidad como ciudadanos de la casa común que está seriamente amenazada.

La Iglesia nos animar a desarrollar una espiritualidad del cuidado que nos debe llevar a cambios profundos en nuestros estilos de vida y en nuestros hábitos de consumo y que transformen nuestros vínculos con la naturaleza y con nuestros hermanos. Los jóvenes nos exigen este cambio profundo. Muchos se preguntan cómo es posible que se pueda construir un futuro sin pensar en la crisis socioambiental.

Hemos adquirido un fuerte compromiso intergeneracional. Decía un laico en el Sínodo: son nuestros hijos los que nos han prestado esta tierra para que nosotros podamos devolver ese préstamo custodiándola y mejorándola para ellos.

Que la Virgen nuestra Madre haga que esta invitación a los pobres en la mesa del banquete del Reino, nos transforme a través del contacto cercano con ellos. Como dice el Papa Francisco EG 198 “Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei en sus propios dolores conocer al Cristo sufriente, es necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos ya que la nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia”.

† Oscar V. Ojea

Obispo de San Isidro

Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina

Buenos Aires, lunes 4 de noviembre 2019