REFLEXIONES PARA LA CUARESMA DE MONSEÑOR MARTÍN FASSI

Comenzamos una vez más el tiempo de la Cuaresma, queremos presentarnos ante Dios y pedirle la gracia de una sincera conversión.
La Cuaresma está pensada para aquellos que tienen ganas de cambiar y no pueden. En la vida hay cosas que queremos cambiar de nuestro modo de ser, o de algunas decisiones que debemos tomar, o cosas que nos tenemos que animar a hacer, y que con un esfuerzo podemos lograr.
Pero ese no es el corazón de la Cuaresma, el corazón de la Cuaresma está más hondo, es aquello que sé que debería cambiar para ser más plenamente yo, para ser más plenamente humano y para ser mejor hijo de Dios y hermano de otros; aquello que sé que debería cambiar y no puedo, que deseo cambiar y no puedo.
Entonces ahí viene San Pablo a ayudarnos con una frase, que escuchamos el Miércoles de Ceniza, que dice: “Dejensé reconciliar por Dios”; Pablo experimenta esto y dice: “La conversión sincera y verdadera es la que Dios hace en nosotros, porque Dios es el que quiere darnos la gracia de una sincera conversión”; como hoy acostumbramos a decir: lograr la mejor versión de nosotros mismos, para eso hay que hacer una conversión pero el que la hace es Dios, Dios es el que nos transforma, Dios es el que nos cambia.
La amorosa misericordia de Dios Padre es la que nos va transformando; dejémonos reconciliar por Dios, dejémonos transformar por Él.
¿Esto qué quiere decir?, “Ah, entonces hago la plancha, total Dios me va a cambiar, y listo!”, yo tengo que poner de mi parte. Pero como son cosas muy hondas de mi corazón, a donde sólo Dios puede llegar, el modo en que yo puedo colaborar, es predisponerme a poder ver, a poder reconocerlo.
Por ejemplo, yo hago muchos esfuerzos, porque digo, debería ser más generoso, me voy a proponer ser más generoso; debería ser menos violento, me voy a proponer ser menos violento y más amable; debería ser menos egoísta o menos impaciente, voy a hacer el esfuerzo para ser más paciente.
Si hago esfuerzos quizá pueda cambiar, pero quizá llegue el final de la Cuaresma y me diga a mí mismo: “Soy el mismo violento que el primer día de la Cuaresma, no pude cambiar nada, soy tan impaciente; la verdad que quise y no pude hacerlo; Dios hacelo vos. A lo mejor no logré ser tan paciente, menos violento, más generoso, pero me descubro más humilde.
Quise cambiar y no pude por mí mismo; tengo que dejarme ayudar, reconozco que necesito ayuda, soy más humilde; ahí se dio la verdadera transformación que necesitaba y no me daba cuenta, y es lo que Dios está empezando a hacer en mí, por eso, ¿cuál es mi colaboración en la transformación de mi ser, de mi persona, de mi vida?, reconocer que necesito ayuda para cambiar; reconocer que hay cosas que quiero cambiar y no puedo.
Por eso nos hace tan bien esa frase de San Agustín: “Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”, una linda frase que nos puede motivar.