Mensaje de Mons. Fassi para la Fiesta de Todos los Santos

“Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”. Dios nos creó pensando en cada uno de nosotros, y en cada uno de los seres humanos, con muchísimo amor.
Desde el mismísimo comienzo de nuestra existencia, Dios nos ha pensado para la vida, y nos ha pensado para el bien, y nos ha pensado y nos ha puesto en este mundo para que hagamos ese mismo bien que Él nos hace, nosotros lo hagamos a los demás. La santidad es vivir plenamente lo que nosotros somos.
Hay una partecita del Evangelio donde Jesús dice: “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo? Si pierde su vida”.
Ser santos es ser plenamente lo que estamos llamados a ser; Dios nos pensó con esa santidad original, con esa bondad original; nuestra bondad original que está antes que nuestro pecado original, que está detrás de nuestro pecado, es nuestro primer llamado a nuestra existencia; la primera misión es ser santos como el Señor es santo, es decir, ser buenos de corazón y ser plenamente lo que uno es, ser lo que uno es, con toda el alma.
Nosotros vemos a lo largo de nuestra historia, mucha gente que nos ha dado ejemplo de santidad; de bondad; gente que nos ha dado ejemplo de veracidad; gente que nos ha dado ejemplo de ser coherentes a pesar de las dificultades, y que no se dejaron doblegar para tomar un camino contrario a lo que su razón les decía o su corazón les decía.
Nosotros admiramos esa gente; pero esa gente no es héroe, el santo no es un héroe que hace cosas extraordinarias siempre, sino que hace, como decía Santa Teresita: “Extraordinariamente bien las cosas pequeñas, cotidianas y ordinarias”, las de cada día porque por ahí va la santidad.
El santo tampoco es un iluminado que conoce más a otros, que por eso se cree más cerca de Dios que otros, todo lo contrario, el santo es el que conoce hondamente su fragilidad y su ser pecador, y el santo es aquel que se siente hondamente comprometido para estar cerca del más pequeño, cerca del más pecador, cerca del que está más alejado. Porque el santo verdadero nunca juzga, siempre primero es compasivo, el juicio viene después, igual que Jesús.
Nosotros somos una misión, como nos invita a reflexionar Papa Francisco, en su “Exhortación a la santidad”; no solamente tenemos una misión, somos una misión, y la santidad significa no solamente descubrir esa misión, sino realizarla con toda la confianza y con toda la alegría, porque nos damos por entero, porque dándonos por entero es como vamos siendo santificados, porque nos vamos pareciendo al Señor Jesús, que nos dijo que nadie tiene amor más grande que dar la vida por los amigos. Nosotros seremos felices si practicamos estas cosas.
Ser feliz es ser santo y ser santo es ser feliz; por eso como el papa Francisco nos dice: “No tengamos miedo a ser santos”, no tengamos miedo a ser plenamente nosotros mismos, porque es Dios el que va realizando en nosotros lo que nosotros sentimos que no podemos.
Es nuestra fragilidad, nuestra pequeña humanidad el lugar de la santidad.
Que Dios nos conceda la alegría de ser santos, no para nosotros mismos, ser santo para los demás, para que así podamos ir construyendo una sociedad que sea santa.
Santificar la sociedad, porque cuanto más compromiso con Dios, más compromiso con el hermano; cuanto más compromiso con el hermano, más compromiso con la comunidad humana, con la sociedad.
Que Dios nos haga santos y nosotros santifiquemos a nuestros hermanos con nuestra vida.